Jaime de Nevares un obrero de la Paz

Este 19 de mayo se cumple un nuevo aniversario de la partida de Don Jaime de Nevares, obispo de los pobres, defensor incansable de los derechos humanos y una de las figuras éticas más trascendentes de la historia neuquina y argentina. 


Recordar a Don Jaime no es solamente rendir homenaje a una figura religiosa. Es volver a poner en el centro de la escena a un hombre que eligió vivir su fe junto a los humildes, acompañando a trabajadores, comunidades mapuches, familias postergadas y a todos aquellos a quienes el poder pretendía volver invisibles. Desde que fue designado primer obispo de Neuquén en 1961, hizo de su tarea pastoral una práctica concreta de cercanía, escucha y compromiso con las causas populares. En una provincia atravesada por profundas desigualdades, supo comprender además que la dignidad del pueblo mapuche exigía respeto por su identidad, su cultura y sus territorios, y por eso su voz también se alzó en defensa de los pueblos originarios. 

En los años más oscuros del terrorismo de Estado, cuando el miedo y el silencio buscaron imponerse como norma, Don Jaime eligió estar del lado del pueblo. Denunció las injusticias, acompañó a familiares de desaparecidos, sostuvo a quienes padecían persecución y enfrentó a los responsables de la represión cuando callar era volverse cómplice. Su voz fue una de las pocas voces firmes de la Iglesia argentina contra la violencia estatal, y su compromiso resultó decisivo para sostener en Neuquén y en todo el país las luchas por memoria, verdad y justicia. 

Su trayectoria excedió ampliamente los límites de la diócesis. Fue protagonista en la defensa de los derechos humanos, impulsó la organización de esos reclamos y contribuyó a consolidar una referencia ética imprescindible para la democracia argentina. Pero también dejó una marca profunda en las luchas concretas del Neuquén popular: acompañó al pueblo mapuche en la defensa de sus derechos, de su identidad y de sus tierras, e impulsó espacios pastorales y humanos de reconocimiento cuando todavía predominaban la discriminación y el despojo. Del mismo modo, estuvo junto a los obreros de El Chocón en sus reclamos por condiciones laborales dignas, denunciando el hacinamiento, los abusos y la injusticia que sufrían quienes levantaban una de las obras más emblemáticas del país. Allí también demostró que su opción era clara: estar del lado de los trabajadores y de los sectores históricamente postergados. 

Su legado sigue vivo en cada lucha por memoria, verdad y justicia; en cada defensa de los derechos del pueblo trabajador; en cada voz que se levanta frente a la impunidad y la desigualdad. Recordarlo no es sólo mirar el pasado: es sostener sus banderas en el presente, en tiempos en que la dignidad humana vuelve a estar amenazada por discursos de odio, exclusión y olvido. Don Jaime vive en la memoria colectiva del pueblo neuquino y en cada lucha popular que se niega a resignarse. 

En este nuevo aniversario de su fallecimiento, homenajear a Jaime de Nevares es también asumir una responsabilidad: no abandonar jamás la pelea por una sociedad más justa, más humana y más solidaria. Porque mientras exista un pueblo dispuesto a organizarse para defender sus derechos, la voz de Don Jaime seguirá caminando junto a los que luchan.

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